“Posiblemente para satisfacer a la persona o ente que la encarga hay una arquitectura que se fundamenta en la exhibición de los elementos que la determinan: arquitectura en cuanto a exhibición de poder económico, de medios técnicos, de conocimientos históricos, de remiendos compositivos; mira cuanto dinero, mira cuantos tubos de instalaciones, mira cuantos ejes, cuantos pilares o cuantas molduras.

Pero hay otra manera de hacer edificios, quizás no tan ligada a servidumbres profesionales o a un cierto concepto del trabajo, en la que precisamente de lo que se trata es de neutralizar y hacer irreconocibles esos instrumentos. En ella tal y como sucede en las actuaciones de los magos es fundamental que los instrumentos con los que se auxilia permanezcan invisibles, y que no se aprecie el esfuerzo o dificultad alguna en la ejecución del prodigio…”

Muchas mañanas al levantar la persiana de mi dormitorio y toparme con los “arquifactos” que se amontonan en la llamada Ciudad de las Artes y las Ciencias, no puedo evitar recordar estos dos párrafos escritos décadas atrás por Pep Llinás sobre la obra del maestro Alejandro de la Sota, y que han supuesto para mí en estos años un valioso manifiesto en base al que aproar el ejercicio de mi profesión. En ellos se contiene la esencia de una arquitectura basada en el valor de la idea, en la solidez del concepto, principios que deben prevalecer en la obra antes, durante y después de su materialización; una arquitectura ordenada, comprometida, impervertida, íntegra.


Pero por desgracia existe también otra arquitectura, siempre ha existido. Es aquella de la que se vale el gobernante (o el poderoso) para reafirmar su autocracia, y que a su vez se vale del gobernante (o el poderoso) para, en una simbiosis perversa, financiar una fastuosidad engreída y jactanciosa. Una arquitectura exhibicionista, ostentosa, impúdica; realizada por arquitectos dispuestos a poner su talento al servicio de la fama y el dinero. Ya en la antigua Tebas, los faraones se valían del colosalismo de la arquitectura para eternizar su pretendida deidad, alienando a un pueblo que se dejaba impresionar por el fausto y el alarde.

Cuatro mil años después las cosas no han cambiado mucho. Ahora los faraones viven en los palacios presidenciales, en los ayuntamientos, o en cualquier centro de poder y decisión, y siguen construyéndose templos y pirámides con la misma vocación lujuriosa y obscena, con la misma impostura que un millonario adquiere una “firma” en un lienzo para decorar su mansión.

No puedo dejar de subir cada mañana mi persiana…, la suerte es que por ello nunca olvidaré la enseñanza de Llinás y de la Sota.