El profesor de proyectos se acercaba y me decía: “está bien, está bien esta casa pero quizás… un poco demasiado Mies…”. Nunca supe exactamente cuál era el auténtico alcance o intención de esta afirmación, pero a mí me sonaba a crítica.

Acabo de leer, y recomiendo, un buen libro: “La buena vida. Visita guiada a las casas de la modernidad.”, del arquitecto Iñaki Ábalos, cuyo pensamiento destila serenidad y reflexión. En su primera visita, de un total de siete, “la casa de Zaratrusta” se investiga sobre las intenciones del maestro Mies van der Rohe en la labor proyectual que le llevó desde 1931 hasta 1938 a desarrollar sus célebres casas-patio. La admiración del autor, compartida, por este seguidor de Nietzsche —el gran pensador antipositivista— nos muestra a un Mies contracorriente:

Mientras sus coetáneos alemanes sistematizaban el hábitat en unidades idénticas a imagen y semejanza del Ford T, paradigma de la industrialización, Mies se centra en la agrupación de unidades siempre diferentes, si bien sobre una partitura técnica idéntica. Confecciona un “sistema” que le permite componer y plasmar la individualidad del hombre moderno, en absoluta libertad, en espacios domésticos únicos, vastos, privados, contemplativos (del cielo y del jardín), donde levitan tanto los materiales como los habitantes… El templo del yo, que Nietzsche enunció y sólo Mies supo materializar: “el mundano no necesita muchas pertenencias; ni las necesita ni las quiere. Pero sí sabe que en su casa, en el espacio de intimidad, necesita esos pocos y sabios objetos, un número reducido de elementos que, en su belleza y perfección, le acogen y le ayudan a desarrollar su propio proyecto vital.” (I. Ábalos).

Todos estos “matices” que el maestro proyectó en sus teóricas casas-patio (sólo se llegó a construir en esta línea un incipiente y efímero “pabellón expositivo” en 1929, reconstruido fielmente en 1986 en Barcelona) son los mismos que me siguen interesando y emocionando hoy, ochenta años después, o veinte desde aquel comentario de mi profesor de la Escuela de Arquitectura.

En línea con lo anterior, también recomendaría una excelente película: “The Fountainhead”, El Manantial, 1949, con un joven Gary Cooper en el papel del arquitecto contracorriente, convencido y persistente, al que muchos quisiéramos siquiera poder emular levemente y ser recompensados a cambio con el amor de una bella Patricia Neal…