Archivar por diciembre, 2010

Los faraones ya no viven en Tebas.

“Posiblemente para satisfacer a la persona o ente que la encarga hay una arquitectura que se fundamenta en la exhibición de los elementos que la determinan: arquitectura en cuanto a exhibición de poder económico, de medios técnicos, de conocimientos históricos, de remiendos compositivos; mira cuanto dinero, mira cuantos tubos de instalaciones, mira cuantos ejes, cuantos pilares o cuantas molduras.

Pero hay otra manera de hacer edificios, quizás no tan ligada a servidumbres profesionales o a un cierto concepto del trabajo, en la que precisamente de lo que se trata es de neutralizar y hacer irreconocibles esos instrumentos. En ella tal y como sucede en las actuaciones de los magos es fundamental que los instrumentos con los que se auxilia permanezcan invisibles, y que no se aprecie el esfuerzo o dificultad alguna en la ejecución del prodigio…”

Muchas mañanas al levantar la persiana de mi dormitorio y toparme con los “arquifactos” que se amontonan en la llamada Ciudad de las Artes y las Ciencias, no puedo evitar recordar estos dos párrafos escritos décadas atrás por Pep Llinás sobre la obra del maestro Alejandro de la Sota, y que han supuesto para mí en estos años un valioso manifiesto en base al que aproar el ejercicio de mi profesión. En ellos se contiene la esencia de una arquitectura basada en el valor de la idea, en la solidez del concepto, principios que deben prevalecer en la obra antes, durante y después de su materialización; una arquitectura ordenada, comprometida, impervertida, íntegra.


Pero por desgracia existe también otra arquitectura, siempre ha existido. Es aquella de la que se vale el gobernante (o el poderoso) para reafirmar su autocracia, y que a su vez se vale del gobernante (o el poderoso) para, en una simbiosis perversa, financiar una fastuosidad engreída y jactanciosa. Una arquitectura exhibicionista, ostentosa, impúdica; realizada por arquitectos dispuestos a poner su talento al servicio de la fama y el dinero. Ya en la antigua Tebas, los faraones se valían del colosalismo de la arquitectura para eternizar su pretendida deidad, alienando a un pueblo que se dejaba impresionar por el fausto y el alarde.

Cuatro mil años después las cosas no han cambiado mucho. Ahora los faraones viven en los palacios presidenciales, en los ayuntamientos, o en cualquier centro de poder y decisión, y siguen construyéndose templos y pirámides con la misma vocación lujuriosa y obscena, con la misma impostura que un millonario adquiere una “firma” en un lienzo para decorar su mansión.

No puedo dejar de subir cada mañana mi persiana…, la suerte es que por ello nunca olvidaré la enseñanza de Llinás y de la Sota.

Los Premios Pritzker

El panorama de la arquitectura actual parece oscilar entre dos posturas antagónicas, casi formas de ser y entender la vida. Resulta curioso ver cómo ambas se encuentran reflejadas, entre los más recientes Premios Pritzker. Los Pritzker son considerados como los equivalentes a los Premios Nobel (dado que no hay Nobel de arquitectura), bien por su cuantiosa dotación económica (100.000 $) como por su repercusión mediática. Se podría decir que no hay mayor reconocimiento para un arquitecto que dicho premio.

Por un lado, entre los premiados encontramos una glamurosa arquitectura, proyectada por los llamados arquitectos – estrella: Norman Foster (1999), pilotando su jet privado por encima de lo mundano; Rem Koolhaas (2000), alardeando de sus 250 noches al año pasadas en hoteles recorriendo sus varias oficinas por el mundo; Zaha Hadid (2004), exuberancia formal sin límite presupuestario; Richard Rogers (2007), exuberancia tecnológica y que se autodefine como “arquitecto político”; Jean Nouvel (2008), exuberancia mediática, todo carisma y polémica… Así son ellos y así es su obra. También se dice que todo “arquitecto–estrella” necesita de su “político–estrella” y, así, ambos retroalimentan el ego.

Pero, de vez en cuando, el Pritzker aterriza en un arquitecto anti-estrella. El 2009 fue para el suizo Peter Zumthor; pero quiero detenerme en el premio de este año 2010, que ha recaído en los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa. Ambos difuminan la impronta personal dentro del equipo profesional denominado SANAA. Ganadores del concurso para la ampliación del IVAM de Valencia en 2000, Kazuyo Sejima fue invitada de honor en el acto inaugural del curso 2007 de la Universidad Politécnica de Valencia. Allí acudí a conocerla y descubrí a una persona menuda, sencilla y cercana, fiel reflejo de su obra.

Como muestra, una anécdota. Kazuyo recibió la noticia de la obtención del gran premio en metro, un domingo por la tarde, camino de su despacho; y aunque recibió el mejor galardón posible, trabajó esa noche. Porque así es ella, y así la sentí aquel día de 2007. Su obra es la más sutil y emocionante del panorama arquitectónico internacional. El jurado definió su arquitectura como “delicada y poderosa, precisa y fluida, ingenua y sagaz, y explica como pocas otras, las ventajas del trabajo en equipo”. Ajena a modas, a teorías, a detalles innecesarios, al bullicio mediático de otros arquitectos, su Arquitectura, con mayúsculas, es una enseñanza sin retórica, directa al lado más sensible de la gente. Ejemplifica el consabido lema “menos es más”, o como traducen algunos hoy “más con menos”, más belleza con menos medios. Porque su obra destila, sobre todo, pureza. Todo está perfectamente en su sitio, parece tan sencillo, tan evidente, que emociona pensar la intensa labor proyectual que hay detrás de tanta sencillez.

La arquitecta Kazujo Sejima huyó de proyectar su propia casa. “Hubiera sido difícil y caro levantar una en Tokio”. Pero pudo elegirla. “Soy una persona que necesita flores y algún árbol cerca, por eso busqué un jardín, aunque muy pequeño. Tengo cuatro árboles: un limonero, un manzano, un arándano y un naranjo chino en tres metros cuadrados. Cuidarlos me hace sentir bien. Es interesante observar los árboles y las plantas. Las flores no sólo son bonitas, sino que cambian continuamente. En un jardín, por pequeño que sea, siempre pasan muchas cosas.” Como ella misma dice: “Una casa no protege de la lluvia, hoy también debe vencer el exceso de información”. ¿Cuál sería su definición para el hogar? “Intimidad en un espacio compartido”. Y, ¿cuál es su método?: “Necesito tiempo. Nuestros proyectos han crecido y son más complejos. Para poder controlar todos los detalles necesitamos aún más tiempo”.

Así es ella, incansable y sencilla, como su Arquitectura, como toda buena Arquitectura.

Desembarcar en La Unité

Al desembarcar en la terminal de cruceros de Marsella no tenía la intención de visitar La Unité. Viajaba con mi familia y unos amigos y la escala era sólo de unas pocas horas, por lo que no era cuestión de ponerse pesado. Hay que decir que, en la escuela de arquitectura, los de mi generación nos habíamos dejado seducir mucho más por la serena elegancia de Mies que por la agitada efervescencia de Le Corbu, con lo que no sentía una especial necesidad de visitar el edificio.

Sin embargo un inesperado desasosiego se fue apoderando de mi voluntad, y no había transcurrido ni una hora cuando ya estaba buscando en el mapa la mejor ruta para llegar al 280 del boulevard Michelet. No me costó demasiado convencer a mis acompañantes pues se trataba -les dije con impostada autoridad-, de visitar uno de los iconos del movimiento moderno, así que una vez en marcha, la ansiedad empezó a invadirme a medida que el bus de la línea 22 de la RTM se acercaba a la parada “Le Corbusier”.

Allí estaba…, “La Cité Radieuse” se alzaba retranqueada de la alineación urbana, rodeada de un vasto jardín desde el que, por encima del verde oleaje de las copas de los árboles, emergía el hormigón de las chimeneas de cubierta. El edificio se mostraba, pese a las huellas del paso de los años -o quizás gracias a ellas-, rabiosamente moderno, y al igual que me pasó al visitar la Ville Savoie veinte años atrás, sentí un vértigo al situar esta arquitectura en el año de su inauguración, 1952. Hemos vistos cientos de fotografías, leido multitud de publicaciones, hemos llegado incluso a dibujar las obras de los maestros, pero uno no llega a comprender realmente la convulsión que se produjo en el primer tercio del s. XX,  hasta que no se envuelve en la intensa emoción de la experiencia espacial.

Ante la mirada de incredulidad de mis acompañantes, que obviamente se esperaban otra cosa, me sentí obligado a dar unas vagas explicaciones sobre la investigación que a lo largo de su vida desarrolló Le Corbusier en el tema de la vivienda mínima, sus teorías sobre la socialización y la ciudad, sobre la máquina de habitar y el modulor, y por la obsesión con los paquebotes cuyo ejemplo más claro podían ver en este momento.

Entramos al vestíbulo y comprobé como el brutalismo de los 50, expresado en la sincera crudeza del hormigón visto, rivalizaba sin complejos con el actual y amanerado minimalismo de los lujosos hoteles y restaurantes de nuestras ciudades. En la visita a la cubierta,  me reconforté al ver como los niños seguían bañándose en la vieja piscina mientras que sus padres tomaban el sol. Paseamos por la calle de la planta 3, donde muchas de las tiendas estaban cerradas, lo que no impedía percibr lo acertado de la decisión tomada. Reconciliado con el maestro me senté en un banco para poder abstraerme y disfrutar por unos momentos, y al ver a mis hijos jugar y corretear libremente por la planta comprendí como su genialidad se había anticipado más de 50 años al modelo residencial tan demandado hoy en día: edifcación abierta rodeada de zonas verdes, áreas lúdicas para la comunidad, piscina, gimnasio, juegos para niños, organización de la vivienda bajo premisas de máxima funcionalidad; La Unité ya tenía en 1952 todo ésto y mucho más (tiendas, cimeclub, guardería, pista de atletismo…).

Al salir del edificio uno de mis amigos me interpeló: “Oye, pues tenías razón, este edificio es como el barco en el que hemos llegado…”, a lo que no tuve más remedio que responder: “No, que va, es mucho mejor.”

 

Volver a arriba

Despuntes_

En el trabajo del arquitecto influyen multitud de pequeñas cuestiones que quedan al margen de la obra acabada: ideas, pensamientos, lecturas, imágenes..., son como los despuntes en el trabajo del ferralla, al final se apartan para armar la gavia.