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El bote de Muuratsalo

“Cada casa, cada producto digno del arte de construir, aspira a ser una prueba de que queremos edificar el paraíso terrenal para los hombres”.
Alvar Aalto (1898-1976)

En los viajes de arquitectura suelen visitarse las obras más emblemáticas de los maestros, y en ellas es fácil dejarse seducir. Pero en ocasiones sucede que en sus obras de menor escala, a menudo no tan conocidas, es donde inesperadamente descubres la arquitectura en estado puro, entendiendo por ésta la más cercana al hombre y a sus sentimientos; una arquitectura sin refinar, cruda, potente, y en donde pueden vivirse las emociones más intensas.

Me ocurrió visitando la obra de Alvar Aalto. En los primeros días del viaje recorrimos sus edificios administrativos y docentes, las bibliotecas, las iglesias, cautivándonos en todos ellos el magistral dominio de la luz nórdica, la principal protagonista de unos espacios cuidados hasta el mínimo detalle. Pero fue en una de las últimas jornadas de estancia en la ciudad de Jyväskylä y tras la obligada visita al Ayuntamiento de Säynätsalo (1950-1952), -un magnífico y sorprendente edificio de ladrillo rojo articulado en torno a un patio-, cuando tuvimos la oportunidad de visitar la Casa Experimental de Muuratsalo (1953), nombre con el que se conoce a la casa estival del propio Aalto. Fue una experiencia impactante cuyo recuerdo ahora, transcurridos los años, permanece indemne en la memoria.

 

En Muuratsalo, la arquitectura empieza en el lugar, quizás incluso antes, en la elección del propio lugar. Aalto escoge una isla desierta a la que sólo era posible acceder en bote cruzando el lago Päijänne. Un lugar alejado e inaccesible en el que poder desarrollar sus ideas con absoluta libertad. En Muuratsalo lo esencial es que la arquitectura está en la naturaleza y ésta, a su vez, forma parte de la arquitectura. Cada roca, cada árbol, el cielo, el lago, son también la arquitectura.

Aalto, al igual que Le Corbusier, siempre se sintió atraído por el mundo clásico de la antigua Grecia, y tras su viaje de 1952 por España, Italia y Marruecos, decidió construir en el frio clima nórdico una modesta casa patio, sin duda producto de la fascinación al observar la riqueza de los espacios intermedios. En la casa de Muuratsalo, como en la casa mediterránea, el patio es el centro del hogar y del habitar, es la habitación donde observar el cielo y meditar, el espacio fundamental en torno al que se articulan los demás; y en su centro un lugar para el cuidado del fuego, símbolo de continuidad.

 

Aalto quiso empezar una nueva vida en Muuratsalo, y sin duda se valió de la calificación “experimental” como pretexto para construir el refugio anhelado, el “paraíso terrenal”, escapando de su pasado a bordo del bote diseñado por el mismo al que llamó “Nemo Propheta in Patria”, y que, al igual que la casa, el bosque, el lago o las rocas, es parte también de la arquitectura. En el bote, Aalto vivió la experiencia reconfortante de la partida y de la llegada, recorriendo la travesía de lo técnico a lo humano para rencontrarse en el paisaje y la naturaleza.

A escasos metros de la casa, entre los árboles, hoy el bote permanece varado dentro de un cofre de listones de madera. Contemplándolo rodeado de tanta belleza uno se pregunta si no es tiempo de considerar alternativas a esta arquitectura nuevamente globalizada que parece perderse a medio camino entre la tecnología, la máscara y el artificio. Quizá todos deberíamos algún día poseer un bote como el de Muuratsalo, en el que poder despojarnos de lo superfluo, y escapar de lo intrascendente, para con ello siquiera poder aspirar alguna vez a “edificar el paraíso terrenal para los hombres”.

 

 

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Desembarcar en La Unité

Al desembarcar en la terminal de cruceros de Marsella no tenía la intención de visitar La Unité. Viajaba con mi familia y unos amigos y la escala era sólo de unas pocas horas, por lo que no era cuestión de ponerse pesado. Hay que decir que, en la escuela de arquitectura, los de mi generación nos habíamos dejado seducir mucho más por la serena elegancia de Mies que por la agitada efervescencia de Le Corbu, con lo que no sentía una especial necesidad de visitar el edificio.

Sin embargo un inesperado desasosiego se fue apoderando de mi voluntad, y no había transcurrido ni una hora cuando ya estaba buscando en el mapa la mejor ruta para llegar al 280 del boulevard Michelet. No me costó demasiado convencer a mis acompañantes pues se trataba -les dije con impostada autoridad-, de visitar uno de los iconos del movimiento moderno, así que una vez en marcha, la ansiedad empezó a invadirme a medida que el bus de la línea 22 de la RTM se acercaba a la parada “Le Corbusier”.

Allí estaba…, “La Cité Radieuse” se alzaba retranqueada de la alineación urbana, rodeada de un vasto jardín desde el que, por encima del verde oleaje de las copas de los árboles, emergía el hormigón de las chimeneas de cubierta. El edificio se mostraba, pese a las huellas del paso de los años -o quizás gracias a ellas-, rabiosamente moderno, y al igual que me pasó al visitar la Ville Savoie veinte años atrás, sentí un vértigo al situar esta arquitectura en el año de su inauguración, 1952. Hemos vistos cientos de fotografías, leido multitud de publicaciones, hemos llegado incluso a dibujar las obras de los maestros, pero uno no llega a comprender realmente la convulsión que se produjo en el primer tercio del s. XX,  hasta que no se envuelve en la intensa emoción de la experiencia espacial.

Ante la mirada de incredulidad de mis acompañantes, que obviamente se esperaban otra cosa, me sentí obligado a dar unas vagas explicaciones sobre la investigación que a lo largo de su vida desarrolló Le Corbusier en el tema de la vivienda mínima, sus teorías sobre la socialización y la ciudad, sobre la máquina de habitar y el modulor, y por la obsesión con los paquebotes cuyo ejemplo más claro podían ver en este momento.

Entramos al vestíbulo y comprobé como el brutalismo de los 50, expresado en la sincera crudeza del hormigón visto, rivalizaba sin complejos con el actual y amanerado minimalismo de los lujosos hoteles y restaurantes de nuestras ciudades. En la visita a la cubierta,  me reconforté al ver como los niños seguían bañándose en la vieja piscina mientras que sus padres tomaban el sol. Paseamos por la calle de la planta 3, donde muchas de las tiendas estaban cerradas, lo que no impedía percibr lo acertado de la decisión tomada. Reconciliado con el maestro me senté en un banco para poder abstraerme y disfrutar por unos momentos, y al ver a mis hijos jugar y corretear libremente por la planta comprendí como su genialidad se había anticipado más de 50 años al modelo residencial tan demandado hoy en día: edifcación abierta rodeada de zonas verdes, áreas lúdicas para la comunidad, piscina, gimnasio, juegos para niños, organización de la vivienda bajo premisas de máxima funcionalidad; La Unité ya tenía en 1952 todo ésto y mucho más (tiendas, cimeclub, guardería, pista de atletismo…).

Al salir del edificio uno de mis amigos me interpeló: “Oye, pues tenías razón, este edificio es como el barco en el que hemos llegado…”, a lo que no tuve más remedio que responder: “No, que va, es mucho mejor.”

 

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Despuntes_

En el trabajo del arquitecto influyen multitud de pequeñas cuestiones que quedan al margen de la obra acabada: ideas, pensamientos, lecturas, imágenes..., son como los despuntes en el trabajo del ferralla, al final se apartan para armar la gavia.